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Redacción
Viernes, 27 de mayo de 2016
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Entrevista jóvenes expatriados

“España nos ha expulsado a mí y otros muchos”

Joan Arjona Cardona, 32 años. Estudió sociología y ciencias políticas en la Universitat de València y un máster en geografía en la Complutense de Madrid. Vive y trabaja en Cuenca, Ecuador. Imparte clases en la Facultad de Economía y colabora como coordinador de campo en una investigación en salud pública.

[Img #30281]-¿Por qué decidiste irte a Ecuador?
-Fue bastante casual. Mi plan era ir a trabajar a Colombia, donde tengo buenos amigos, hasta que me enteré que había un voluntariado en Ecuador, en las “favelas” de Guayaquil, que aquí se conocen como invasiones. La organización donde llegué a trabajar se dedica principalmente cuestiones relacionadas con vivienda social, la organización comunitaria o el espacio público. Son temas que me interesan mucho, así que me costó poco decidirme.

 

-¿Qué expectativas tenías?
-La expectativa era aprender lo máximo posible. Me interesaba mucho el proceso político ecuatoriano, la auditoría a la deuda, la nacionalización de los recursos petroleros o la nueva constitución.

También quería conocer más de cerca cómo se estaba trabajando en las grandes ciudades latinoamericanas, con muchos problemas y pocos recursos. Está claro que el contexto es muy distinto, pero también comparten retos con nosotros, como la corrupción, la movilidad, la pobreza o la sostenibilidad.

Pero quizá el aprendizaje más importante que le debo a mi primer año en Ecuador es una lección de vida. Aprender a conformarte con lo que hay, a ser más racional y desdramatizar muchas situaciones. Guayaquil es un manual de supervivencia.


-¿Querías progresar o, simplemente, no había futuro aquí?
-En España la situación era muy triste, cuando yo me fui la gente estaba muy resignada. Nos sometieron a shock brutal y caímos. Quedarme aquí era renunciar a mi profesión o trabajar gratis. Decidí que no me podía permitir ninguna de las dos cosas.

 

[Img #30278]-¿Cómo es la ciudad dónde vives?
-Ahora vivo en Cuenca, que es una ciudad tranquila, sin los problemas de pobreza y violencia que encuentras en Quito o Guayaquil. Es la tercera ciudad del país, de medio millón de habitantes más o menos. Tiene una personalidad muy fuerte, marcada por cierto aislamiento geográfico. Los cuencanos se sienten muy orgullosos de su ciudad y sus tradiciones, y han logrado ser un referente en muchos temas. Esto es una ventaja y un problema, ya que se conservan aspectos patrimoniales muy interesantes, pero la sociedad sigue siendo muy cerrada y bastante conservadora.

En general el lugar es increíble. Vivimos en un valle a 2.400 metros de altura, con cuatro ríos que bajan de las cumbres de los Andes hacia el Amazonas. Al lado de casa tenemos lagos, bosques, cascadas y volcanes. Además, el centro tiene mucho carácter. Se conserva la cuadrícula colonial, con su parque central y sus dos catedrales. La mayoría de las casas son del siglo XIX, muy ornamentadas, con balcones de forja o de madera y pintadas de colores.

 

-¿Y lo qué más te gusta del lugar?
-Quizá lo que más me gusta son los mercados. Encuentras un montón de frutas rarísimas, hierbas medicinales, tamales, chumales, quimbolitos y otras mil comidas típicas. A veces hay señoras del campo haciendo limpias y quitando el espanto a los niños pequeños. Te sacuden con un ramo de hierbas, te escupen aguardiente y te quitan los males con un huevo criollo. Es cuestión de echarle un poco de fe.


 
-¿Estás integrada/o, quienes son tus amigos, más españoles o gente local?
-Un poco de todo, ya que en la ciudad hay mucha población extranjera. Los españoles me dan un poco de pereza. Algunos son muy buena gente, pero otros tienen actitudes muy prepotentes, incluso racistas, y prefiero no cruzármelos ni por la calle.

En general creo lo más divertido, hasta lo más lógico, es relacionarte con la gente del lugar donde vives.

 

[Img #30279]-¿Cómo llevas el trabajo?
-Muy bien, tuve bastante suerte. Trabajo dando clases en la facultad de economía y en un proyecto de investigación internacional. Me gusta la docencia. En investigación preferiría otros temas, pero estoy aprendiendo mucho, especialmente sobre cuestiones metodológicas. Trabajamos con otros catorce países, con la coordinación de la Universidad Johns Hopkins, es un proyecto muy grande y muy complejo, que relaciona cuestiones de salud con la socialización en la adolescencia temprana. El objetivo es crear instrumentos de medición que sean aplicables a nivel internacional.  

En Valencia me quejaba por no encontrar trabajo, y ahora me muero de ganas de tener un fin de semana libre. Supongo que eso es bueno, ¿no?

 

-¿Tienes intención de quedarte?
-Me voy a quedar un tiempo más, quizá un año, pero no me imagino viviendo aquí de forma indefinida. Aunque estés bien y tengas amigos siempre es duro. Ecuador está lejos, la vida es muy distinta y los extranjeros siempre levantamos recelos, esas cosas te cansan.  


-¿Pudiste votar el 20 de diciembre?
-Pude votar porque fui a pasar la Navidad. El consulado en Guayaquil es un desastre, falta personal y faltan ganas de hacer bien las cosas. Sí que hay dinero para el palacio del embajador de Quito, que ocupa como cuatro manzanas, pero parece ser que no les alcanza para contratar un par de personas más que agilicen los trámites. Es muy complicado que te den cita.

Nadie que yo conozca pudo votar por correo, ni siquiera los que lograron darse de alta como residentes.

 

-¿Y en estas nuevas elecciones?
-Imposible, nos ponen tantas trabas que ni yo, ni ninguno de mis amigos podremos votar.


Lo que más se extraña
[Img #30280]-¿Qué es lo que más se echa de menos?
-Muchas cosas, en especial a la familia y a los amigos. Se extrañan las cosas más insignificantes, como sentarse en una terraza, quedar con los amigos para hacer una paella, el sarcasmo y la afición a quejarse de todo de los valencianos, un cine donde no sólo haya programación infantil… qué sé yo.

Una de las cosas que llevo peor es no tener estaciones. Aquí el clima es como nuestro mes de marzo todo el año. Cada día amanece a las seis de la mañana y anochece a las seis de la tarde. Pierdes completamente la noción del tiempo. A mí me desespera.

 

-¿Tienes pensado volver? ¿volverías a Gandia?
-Mi pareja es de aquí y la cosa se complica un poco, pero tengo el plan de regresar por lo menos a pasar un tiempo. La puerta a volver a Ecuador se queda abierta, eso sí. También está el tema de la estabilidad, aquí tengo trabajo y un buen sueldo, allí no sé qué me espera.

Volver a Gandia lo veo muy difícil. Supongo que el primer intento será buscar trabajo en Valencia, ya se verá.

 

-¿Cuáles son tus objetivos inmediatos?
-De momento completar otros dos semestres en la facultad, ahorrar un poco y ganar experiencia. Después me encantaría coger un barco en la selva ecuatoriana, cruzar a Brasil e ir bajando hasta Tierra de Fuego. Con toda la calma del mundo.  

 

-Finalmente, ¿dirías que España te ha “expulsado”?
-A mí y a otros muchos. Me ha tocado vivir de cerca de drama de las familias ecuatorianas que tuvieron que perderlo todo dos veces. Primero en Ecuador, tras la fiesta neoliberal y el feriado bancario de 1999, y después otra vez aquí.

Ha sido un desastre. Tenemos una élite económica que domina el país desde la dictadura militar, y un establishment político que lleva cuarenta años alimentando un modelo que les beneficia sólo a ellos: crédito, ladrillo, hostelería y poco más.

Hay una fractura generacional y de clase muy marcada. En mi generación estamos los que venimos de familias que pudieron alcanzar cierta estabilidad antes de que el modelo entrara en crisis y, después, están los que no tienen nada. Nosotros por lo menos tenemos un apoyo familiar importante en caso de necesidad. Yo migré, no me quedó más remedio, pero algunos no han tenido ni esa opción.

Mi opinión es que el modelo español empeoró las cosas. Otras economías parece que están resistiendo mejor. Pero el problema va mucho más allá de la periferia europea. Esta crisis es global y sistémica. Las señales están por todas partes, aunque muchos prefieran no verlas.

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