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Santiago La Parra López
Miércoles, 2 de noviembre de 2016
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Las paradojas de una moda retrógrada: la zombi-manía


[Img #33959]El 1 de noviembre se celebra la fiesta de Todos los Santos, cuyo culto difundieron los monjes negros de Cluny. He querido dejar pasar el fin de semana previo para distanciarme de la actual cruzada emprendida por algunos párrocos, contraprogramando el postizo “Halloween” (que ya es más la fiesta anglosajona que la nuestra tradicional de la calabaza) con un no menos exótico, pero más cursi, “Hollywins” (que parece condenado de antemano al fracaso). Porque, además, los diferentes usos interesados de la muerte no se circunscriben a una fecha concreta. El miedo al “más allá” ha sido el gran argumento explotado por todas las religiones occidentales. También por el cristianismo, pese a que su fundador insistía en que el cielo hay que ganárselo en la tierra, practicando la caridad con los más necesitados (incluidos los inmigrantes y refugiados) y sin que la mano derecha sepa lo que hace la izquierda. Demasiadas exigencias para tanta hipocresía.

 

Aquí vamos a centrarnos en esa especie de “zombi-manía” que nos invade y que me genera muchos recelos y ninguna simpatía porque, entre otras consideraciones, me parece retrógrada y de muy mal gusto. Sus antecedentes pueden hallarse más lejos, pero yo creo que el éxito de esta moda se debe, sobre todo, a la extraordinaria acogida de la serie estadounidense “The Walking Dead”, que data de 2010, en el punto álgido de la crisis actual y la coincidencia no es mera casualidad.

 

El miedo a la muerte resulta comprensible, de entrada, pues en él se junta el temor natural del ser humano hacia todo lo desconocido (lo que no ve, sea con los ojos de la cara o con los de la razón, como le ocurre al niño en la oscuridad) con el miedo inducido que han explotado las religiones (basta entrar en cualquier iglesia, aunque no sea barroca). Lo que ya no resulta tan lógico ni natural es presentar a los muertos como enemigos de los que debamos huir porque nos persiguen para hacernos daño. Obviamente, este truculento mensaje no va dirigido al individuo singular, a la persona en su intimidad, sino a la colectividad anónima, al ser social. Nadie teme a sus seres queridos que ya no viven. En consecuencia, ese miedo construido no es para con “nuestros” muertos sino para con los de los demás, a los que no conocemos. Es un mensaje colectivo, dirigido a la masa, pero con una intencionalidad despersonalizadora, pues persigue la deshumanización del individuo. Porque lo que nos hace humanos, desde el punto de vista antropológico, es precisamente la conciencia de la muerte, que resulta algo ajeno por completo a todos los demás seres de la creación. La muerte es destino ineludible de todos y, por tanto, negar o tergiversar esta evidencia es una forma de violar la condición humana, lo cual es muy retrógrado y profundamente reaccionario.


A mayor abundamiento, no parece sencillo para nadie huir de la realidad (y no hay nada más cierto que la muerte) estando sereno y con capacidad de reflexionar. En consecuencia, acaso lo que busque la “zombi-manía” sea precisamente evitar la reflexión y excitar las reacciones incontroladas y las pasiones. El juego tiene muy poco de inocente.

 

Para que funcione la estrategia –decíamos- el miedo a los muertos debe fomentarse “en general”, no individualmente. El mensaje no debe ser personalizado y a esto ayuda mucho el “atrezzo” de esas fiestas de zombis que se promocionan hasta institucionalmente como meros pasatiempos. El juego en cuestión consiste –recordemos- en huir de los muertos, unos peligrosos enemigos. Fomentar este miedo, jugando o en serio, es alimentar el recelo hacia quienes nos precedieron, a nuestros antepasados; o sea, renegar de nuestros orígenes, huir de nuestra propia historia. Y el miedo a la historia es -como bien sabemos por experiencia- el arma más eficaz para la manipulación, pues priva de referencias vitales a las personas y de una explicación coherente del presente. Aunque sea jugando.

 

La “zombi-manía”, pues, alimenta el miedo al pasado y el recelo hacia un futuro incierto. Sólo salva el presente, aunque paradójicamente la única opción que nos ofrece para vivirlo es hacerlo como si estuviéramos muertos: sin capacidad de reflexión y privados de la conciencia de dónde venimos y a dónde vamos. Son las paradojas de una moda retrógrada. Y muy desagradable.

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