Lunes, 26 de junio de 2017
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Redacción
Viernes, 15 de julio de 2016
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Entrevista jóvenes expatriados

Joan Negre: “En España no tenía ninguna oportunidad”

Tuvo que emigrar a Ushuaia, Argentina ya que en España su trabajo como investigador no tenía ninguna salida

[Img #31604][Img #31605][Img #31606][Img #31607][Img #31608][Img #31609][Img #31610][Img #31611][Img #31612][Img #31613]Joan Negre Pérez tiene 32 años. La familia materna es de Villalonga y la paterna de Bellreguard. Es hijo de Maria y Toni.

 

En realidad, cuando le preguntan dónde nació le cuesta dar una respuesta concisa. Nació en Gandia, dónde estaban los servicios médicos, pero en realidad vivía en Bellreguard. Años después su familia se trasladó a Gandia, aunque pasaba todos los fines de semana en Vilallonga, donde tenía familia y un amplio grupo de amigos y jugaba en el equipo de fútbol. También visitaba mucho Almoines, donde iba a la escuela de música y tocaba en la banda; tampoco pasaba poco tiempo en Bellreguard, donde vivía toda la familia paterna. Oliva, finalmente, fue dónde pasó la mayor parte de sus tardes desde que empieza a estudiar en el conservatorio de música. “Así que, cuando me preguntan de dónde soy, creo que la respuesta más acertada es que soy de La Safor”, agrega.

 

Su madre trabajaba, hasta que se jubiló, en la delegación de Gandia de la Agencia Tributaria y por sus horarios le llevó desde bien temprano a la guardería, en concreto a Bambi. “Recuerdo perfectamente a mi madre sacándome de allí durante la riada del 87, con el agua hasta las rodillas y a mí en brazos. Los estudios primarios, los realicé en el Joan Martorell de dónde guardo muy buenos recuerdos, principalmente porque aún hoy en día mi grupo más cercano de amigos, a estas alturas y a mi familia, es el mismo que conocí allí con cuatro años”.

 

A los catorce años comenzó en el María Enríquez para cursar el segundo ciclo de la ESO y el Bachillerato. Agrega: “En esos momentos no era un estudiante muy aplicado, básicamente por pereza, pero fue allí, gracias en gran parte a la profesora Agustina Pérez, que enderecé un poco el rumbo y conseguí terminar el Bachillerato, algo por lo que muchos de mis profesores no apostaban”.

 

Al terminar decidió estudiar Matemáticas, guiado un poco por las perspectivas de encontrar un buen trabajo cuando terminase. “Ese no es un buen motivo para empezar una carrera, así que al siguiente año decidí seguir mi verdadera vocación y hacerme arqueólogo, como desde pequeño había querido”.

 

Se licenció en 2007 en Historia en la Universitat Autònoma de Barcelona; durante los siguientes años obtuvo un máster en Ciencias de la Antigüedad y la Edad Media, otro en Sistemas de Información Geográfica y otro en Psicopedagogía y Didáctica de las Ciencias Sociales, al mismo tiempo que obtenía el doctorado en Arqueología, en abril de 2013.

 

-¿Y entonces consigues una beca?
-La Universidad me concedió una beca de cuatro años para realizar mi tesis doctoral, del 2008 hasta 2012; a cambio de ese sueldo, yo realizaba mi doctorado y ejercía como profesor de Historia y Arqueología Medieval en mi facultad. Cuando terminé mi tesis, en abril de 2013, nos encontrábamos en plena crisis, igual que en la actualidad, y uno de los sectores que más lo sufrió fue el de la Investigación.

 

-¿Cómo afectó a tu sector?
-Pasamos de unos ochocientos contratos post-doctorales al año en el programa Ramón y Cajal, uno de los más prestigiosos del país, a cien; de los cien que concedía el programa Beatriu de Pinós, el equivalente en Catalunya al estatal, a veinticinco. Evidentemente se priorizaba la investigación aplicada respecto a la de ciencia básica, por lo que era prácticamente imposible seguir trabajando en mi campo en el Estado español. Estuve casi un año trabajando en la universidad, publicando partes de mi tesis, colaborando en diferentes proyectos y presentándome a las diferentes ofertas que iban apareciendo en el resto del mundo, pero siempre sin ningún tipo de contrato.

 

-¿Entonces te das cuenta que no tienes futuro aquí en España?
-Ahí fue cuando me di cuenta de que a corto y medio plazo no había ninguna oportunidad en el sistema de investigación español, que estaba siendo desmantelado por las políticas de recortes. No había dinero, y de haberlo, se hubiese destinado a detener la sangría de profesores de la universidad, a los que estaban despidiendo después de años trabajando en precario.

 

-¿Te llegaron ofertas?
-Empezaron a llegarme las ofertas para distintas plazas de trabajo para las que les interesaba mi perfil y me presenté: para la Universidad de Cornell, en Estados Unidos; la de Trent, en Canadá y del Centro Austral de Investigaciones Científicas, en Argentina. La última era la que mejor se adaptaba a mi perfil y suponía un reto personal y profesional, puesto que me desplazaría a Ushuaia, la ciudad más al sur del planeta, a un paso de la Antártida, y trabajaría en cuestiones que quedaban totalmente fuera de mi zona de confort.

 

-¿Es un centro muy reconocido?
-Además, este centro de investigación depende del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas, el mayor ente de investigación de Argentina, equivalente a nuestro CSIC, y de gran prestigio internacional. En ese momento, fue cuando decidí presentarme a la plaza que ofertaban y la gané.

 

-¿Te arrepientes?
-Fue una decisión de la que no me arrepiento y que me ha traído numerosas recompensas, tanto en lo personal como en lo profesional.

 

-Cuéntanos en qué consiste tu proyecto de investigación…
-Soy arqueólogo del área de Historia Medieval y me especialicé principalmente en el estudio de Al-Andalus, es decir, en la formación de una sociedad islámica en el levante peninsular durante la Edad Media. Durante mi formación excavé diversos yacimientos medievales, principalmente en Catalunya, pero mi principal trabajo de campo fue el de analizar las transformaciones históricas y arqueológicas del territorio de Tortosa entre la Antigüedad y la conquista feudal. Con este bagaje era difícil encontrar una línea de investigación alejada de la Arqueología Medieval pero, por suerte, el conjunto de métodos, técnicas y herramientas de análisis que desarrollé para mi tesis doctoral captó el interés de otro equipo de trabajo para tratar de aplicarlo en su caso de estudio. Y a eso me dedico ahora mismo, analizo las dinámicas de población, las formas de asentamiento y las estrategias de explotación del paisaje por parte de los grupos cazadores-recolectores que habitaron la isla de Tierra del Fuego, el último confín habitado del planeta.

 

-¿Cuál es el objetivo final?
-El de identificar el máximo número posible de lugares habitados por estas sociedades y explicar sus decisiones a la hora de elegir construir sus cabañas en uno u otro sitio, qué recursos explotar y tomar en consideración a la hora de establecerse y de qué manera relacionarse entre ellos. Las sociedades cazadoras-recolectoras de Tierra del Fuego se clasifican, a grandes rasgos, en dos grupos: los que viven al sur de la Cordillera de los Andes, vinculados a una tecnología marina, como las canoas o los arpones, y a recursos propios del litoral, como los moluscos, los peces o los lobos marinos; y los que viven al norte de la cordillera, que habitualmente tienen una economía basada en la caza del guanaco, un tipo de llama habitual en Patagonia, aunque también explotan los recursos litorales en caso de necesidad.

Actualmente, mi proyecto inicial, que empezó en 2014, terminó con abundantes resultados publicados o en proceso de publicación, y me han concedido un nuevo contrato, hasta 2018, para seguir trabajando estas cuestiones.

 

-Y después ¿qué te gustaría hacer?
-La verdad es que con los años he aprendido a no pensar mucho en el “y después, ¿qué?” porque no trae más que desilusiones. Mi intención cuando estaba con la tesis era poder seguir trabajando en la universidad con la esperanza de poder continuar con mi investigación. Mi deseo era poder trabajar en el estudio de mi propia comarca, desde el Museu Arqueològic de Gandia o desde cualquier otra institución pública que me lo permitiese. La gestión que se hizo de la crisis económica, recortando el financiamiento a la Ciencia, la Educación o la Sanidad, para invertirlo en el sistema bancario y financiero, el mismo que había provocado la situación que vivimos, me hizo resignarme a no conseguir este objetivo a corto o medio plazo.

Así, mi intención ahora mismo es la de seguir trabajando en Argentina, ya que en los últimos doce años ha invertido un enorme capital económico y humano en crear un potente sistema de investigación y tecnología. Me han dado una oportunidad increíble, y estoy contento de contribuir a este crecimiento mientras voy aprendiendo cosas nuevas, que es lo más enriquecedor de mi trabajo.

 

-¿Confías en que si hay un nuevo gobierno en España cambien un poco la situación de todos los investigadores tan preparados como tú que han tenido que ir fuera de España para que se los reconozca o simplemente para lograr hacer lo que les gusta?
-Respecto a un cambio político, tenía muchas esperanzas puestas en el giro hacia la izquierda que se preveía. Incluso fui a Gandia para poder votar, 15.000 kilómetros para ver a mi familia, mis amigos, y poder contribuir a ese cambio. Por desgracia, muchas personas que tenían sus urnas a pocos cientos de metros de su casa decidieron que su superior integridad moral no les permitía votar a un partido que no pensara o actuase exactamente como ellas piensan o actúan. Creo que falta un poco de pragmatismo en la base electoral de la izquierda española, pero esa es mi opinión personal, simplemente. Quisiera añadir, sin embargo, que envidio de Argentina la obligatoriedad de acudir a votar en las elecciones.
Si alguien no acude a votar y no presenta un justificante del por qué, se le multa con una pequeña suma (50 pesos, unos 3 euros), se le inhabilita el pasaporte y se le sanciona, no pudiendo realizar trámites ante organismo estatales hasta que la pague.
Sea como fuere, la realidad es que aún cambiando el gobierno, algo que estoy seguro de que llegará pronto, los cambios necesarios para que la gran cantidad de investigadores que estamos en el extranjero podamos reincorporarnos a un sistema de ciencia nacional. Llevarán aún mucho tiempo.

 

-¿Deseas regresar a la Safor?
-En mi caso concreto, con los años he ido valorando los pros y los contras de mis objetivos profesionales y poniendo por delante lo que realmente creo que es importante para mí, es decir, familia y amigos. Aunque valoro las experiencias y la oportunidad que he tenido de trabajar en diversos países durante estos últimos años, la verdad es que espero en algún momento poder regresar a La Safor. Uno de los trabajos que me gustaría poder desarrollar sería el de la dirección de las actividades arqueológicas, bien a través del ayuntamiento o del museo arqueológico. Creo que hace muchos años que éstas están desatendidas y que no existe una línea de investigación eficaz, y me gustaría aportar mi formación.

 

-¿Qué se debería hacer?
-Por ejemplo, lo primero que creo que debería tomarse en cuenta es la necesaria excavación -con carácter de urgencia-, musealización y puesta en valor del castillo de Bairén, uno de los elementos patrimoniales más importantes de La Safor y totalmente abandonado por las instituciones. Este castillo, que ejerció en época andalusí como capital de toda la comarca, está cayéndose a pedazos y su potencial como atractivo turístico está totalmente desperdiciado.

 

 

Su vida en Ushuaia
-¿Cómo es la vida en Ushuaia?
-Bastante tranquila, es una ciudad no muy poblada, alrededor de unos 60.000 habitantes en el último censo, pero muy horizontal, al predominar las casas respecto a los edificios. Tiene una población relativamente joven, puesto que al tratarse de una zona extrema, los sueldos son más altos y hay exenciones de impuestos, por lo que mucha gente se traslada aquí para trabajar. Es, además, el principal puerto hacia la Antártida, por lo que nunca falta gente de mil nacionalidades distintas.
La vida aquí tiene dos caras completamente opuestas pero cada una con su encanto. Durante el invierno, los días llegan a tener unas 4 h de sol. Durante este período el turismo se basa en los deportes de nieve, desde julio hasta octubre.
Durante el resto del año, las temperaturas siguen siendo bajas, casi siempre por debajo de los 10º C, pero los días se alargan hasta casi las 20 h de sol y las actividades de excursionismo y navegación dominan el espectro turístico.

 

-¿Qué tamaño tiene la isla?
-Es aproximadamente del tamaño del País Valencià y Catalunya juntas, pero solo hay dos ciudades pequeñas, que distan 250 km entre sí, con un pueblo a mitad de camino. Esto lleva a que la cantidad de espacios naturales para poder realizar actividades al aire libre sea enorme. El único inconveniente, si se le puede llamar así, es que cuando hay nevadas importantes y continuadas, podemos quedar aislados durante días, aunque la ciudad activa rápido los mecanismos de limpieza para que la vida no se vea excesivamente afectada.
Este tipo de aislamiento, sin embargo, tiene una parte positiva y es que en muchos casos permite desarrollar unas redes de solidaridad entre vecinos más amplias de lo que son habituales en España.

 

-¿Tú vida personal ha dado algún giro importante?
-Aunque llegué aquí pensando que era algo temporal por un par de años, poco a poco vas estableciéndote más, en parte por la seguridad laboral que te ofrecen y por otra por las relaciones personales que vas desarrollando. Tengo un grupo amplio de amigos aquí, principalmente del centro de investigación pero también de fuera, principalmente ligados a las actividades de ocio que realizo. Tratamos de disfrutar al máximo de las posibilidades que ofrece cada una de las dos estaciones, pudiendo hacer esquí de fondo o de descenso hasta navegación, cuando los vientos y las aguas del Canal Beagle lo permiten.

 

-¿Te has dedicado también a la música?
-El hecho de poder organizar totalmente a mi voluntad el horario de trabajo ya que el centro permanece abierto las 24h, me permitió disponer de bastante tiempo libre y decidí retomar la música, algo que había abandonado cuando me fui a la universidad. Ahora mismo toco con una pequeña banda de música jazz y funk y tenemos un pequeño proyecto con un amigo que toca el bandoneón y una amiga que toca la flauta para adaptar algunos temas clásicos de música argentina (tangos, chamamés, guaranias, etc.).
Estos dos amigos vinieron incluso a Gandia en la última visita que hice, para conocer mi tierra y a mi gente. Además también mi pareja es argentina y justo ahora vamos a ir a vivir juntos. Esa es una de las grandes bazas que nuestro centro usa para ayudar al arraigo de nuevos investigadores en Ushuaia; dispone de una serie de viviendas, tanto para gente soltera (compartiendo casa) como para parejas que alquila a los recién llegados, durante un período de cinco años y por un precio mínimo.

 

-Si comparamos el coste de la vida, ¿qué me podrías contar?
-El coste de la vida no es muy alto y los sueldos en el ámbito de la investigación, aun sin ser muy altos, permiten vivir y ahorrar holgadamente. Mi sueldo sería el equivalente a unos 1.800€ mensuales y, por ejemplo, el alquiler me supone unos 100€ mensuales, la factura del teléfono móvil alrededor de unos 15€ y un kilo de ternera está a unos 11€. Hay otras cosas cuyo precio es completamente desorbitado. Por ejemplo el pescado. La sociedad argentina dispone de recursos pesqueros muy abundantes pero no existe ninguna cultura de su consumo. Así, aquí hay una sola pescadería, puedes comprar el kilo de atún a 30€ o el de salmón a 25€.

La industria del automóvil es otra de las que pierde en la comparación. Este verano, por ejemplo miraba como el automóvil que estaba pensando comprar valía 7.000€ en el estado español, mientras que en Argentina cuesta aproximadamente 16.000€.

 


-¿Qué es lo que más extrañas de Gandia?
-De Gandia, y de La Safor en general, se extraña todo. La familia y amistades, una separación innecesaria pues ambos son lo mismo, por consanguineidad o por convicción. Se extraña ver crecer a mis sobrinas y sobrinos. Se extrañan las reuniones familiares y los actos cotidianos con los amigos, desde salir de Destapa’t a acudir a casa de alguno de ellos para ver el capítulo de Juego de Tronos de la semana mientras cenamos.

Desde un punto de vista romántico se extraña el olor de la comarca, es algo que cuesta darse cuenta pero es lo primero que noto cuando llego, esa mezcla de montaña mediterránea y salitre del mar. Extraño las paellas de mi tía en la Llacuna, el arroz al horno en casa de mi padre, el espencat de mi madre o las tardes de agosto en Marxuquera. Y, cómo no, extraño comer coques de dacsa en Ròtova.

Pero ya en un punto de vista más pragmático, para no caer en aquello que critiqué, extraño no poder ser parte de la transformación política que se está sucediendo poco a poco en la ciudad. Una transformación que, a pesar de las dificultades a las que se enfrenta y la falta de recursos para hacerla efectiva, se nota en muchos pequeños gestos, pero sobretodo en la transparencia y las formas de hacer política, no basadas en los intereses personales y empresariales sino en los de la ciudadanía. Aun sabiendo que vivimos en una sociedad cuya politización se basa muchas veces en la confrontación al “otro”, casi “forofa”, futbolera, dónde es difícil cambiar la opinión de la gente respecto a uno u otro partido político, tengo esperanza en la posibilidad de que cuatro años de gobierno responsable permitan a la gente valorar lo que debería ser la función pública de gobierno a nivel local.

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