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Enrique Orihuel - @EnriqueOrihuel
Lunes, 25 de abril de 2016
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Tiempo de segunda mano

Para Svetlana Alexiévich el tiempo de segunda mano es el que se vive como de prestado en un universo ajeno. «Nunca fuimos conscientes de la esclavitud en qué vivíamos -escribe Alexiévich-; aquella esclavitud nos complacía. Ahora una echa la vista atrás y se pregunta si de verdad aquellas personas éramos nosotros. ¿Así era yo? ¿En serio?».


Aleksiévich cede su voz en «El fin del homo sovieticus» a las mujeres y hombres que vivieron en el convulso espacio postsoviético. Su obra no es una historia del poder, de eso que pretende ser Historia Universal, sino las historias individuales de multitud de gente, personas corrientes que según la escritora, no saben de libertad ni de democracia y para las que la libertad es poder elegir entre veinte clases de embutido. Son las historias de quienes -en palabras de Alexiévich- no estaban preparados ni para la Revolución Bolchevique, ni para la Perestroika, ni para la pesada carga de libertad que trajo la caída del sistema comunista.


La obra de Alexiévich es la crónica estremecedora de lo que queda de un imperio que pretendió cambiar al hombre y que dejó tras de sí el Gulag, el vuelo espacial de Gagarin, Chernóbil, la guerra de Afganistán… y la momia de Lenin. Un imperio cuya herencia fue el hombre soviético, acostumbrado a vivir en una mezcla de cárcel y guardería, sin tomar decisiones, esperando el reparto. Historias personales de dolor y sufrimiento, de humillación, traición y muerte, pero también de amor y esperanza. Un superviviente del Gulag, le cuenta a Alexievich el secreto de cómo pudo salir vivo de aquello: «Esto es lo que nos salva, la cantidad de amor recibido, ésta es la reserva que nos hace resistentes.»


Tiempo de segunda mano es el que se vive sin libertad. El dilema no está tanto entre socialismo o capitalismo, lo que realmente importa es la libertad. La libertad es no vivir de prestado con la falsa seguridad que proporciona el que piensen por ti y decidan por ti, liberándote de la pesada carga de la responsabilidad, pendiente de las decisiones de otros que saben mejor que tú qué es lo que realmente necesitas.


La tendencia universal a comprar y vender probablemente estará codificada en el ADN humano: Fausto vendió su alma al Diablo y Esaú vendió su primogenitura por un plato de lentejas. También la libertad se vende y se compra y, desde antiguo, los hombres han caído en el error de pagar por utopías, paraísos, falsos imperios, destinos universales y seguridades, entregando como moneda de cambio su libertad individual. El pueblo aclamó a Fernando VII como monarca absoluto al grito de ¡Vivan las cadenas! Ya Fidel Castro lo advirtió sin rodeos: «sépanlo bien: nuestra incultura, nuestro subdesarrollo, se paga con libertad…» Cuando éramos niños decíamos aquello de «Santa Rita, Rita, lo que se da no se quita», un conjuro que, como escribió Yoani Sánchez, es aplicable a la libertad: «en el mercado de las utopías no se aceptan devoluciones y la libertad con que la que se paga la entrada al paraíso nunca es reembolsada.»


El camino de la libertad no es fácil. Siempre habrá quien esté dispuesto a comprarla, y no sólo en los totalitarismos y en las dictaduras veladas. Como decía la bloguera cubana, la libertad como forma de pago, a cambio de ventajas materiales, es una fórmula que trasciende los sistemas sociales. La libertad como moneda está, hoy y aquí, en el mercadeo político al que ya parece que nos hemos acostumbrado, en el clientelismo político, en la compra de voluntades… es una contaminación que va calando en la sociedad y que, si no se reacciona, puede acabar con nuestra libertad en manos de cualquier prestamista avispado, vendedor de paraísos y utopías de diverso signo.


La antigua URSS, siguiendo la ley de hierro de la oligarquía, se embarcó en el círculo vicioso de cambiar a un prestamista por otro. El círculo virtuoso exige un esfuerzo continuo, la suma de muchas responsabilidades individuales, vigilantes y constantes, que defienda día a día el valor de la libertad. Ya deberíamos saber que abundan los enemigos de la libertad; se encuentran en todas las zonas del espectro político, también entre algunos que presumen de liberales, aunque estén dispuestos a cambiar nuestra libertad por un plato de lentejas… Como dice Alexiévich, Premio Nobel en 2015, siempre hay quien nos quiere hacer vivir en un tiempo de segunda mano.

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